Podemos situar una fotografía a ambos lados de una línea imaginaria y divisoria del presente. La podríamos mirar como algo que construye la memoria del tiempo. Ser huella de alguna historia. Sedimento. Algo parecido a un fósil. Quizás algo útil para recordar. Pero puede que también sea necesario recordar antes de poder hacer y mirar una fotografía. Es decir, reconocer el tiempo y el lugar donde toma forma una imagen. Resonar y reconocerse allí donde se da el hecho que produce la fotografía. Desde este punto de vista una fotografía es susceptible de abrir una puerta hacia momentos que aun no han sucedido y que tendrán lugar en el tiempo del espectador. Irán sucediendo. Son imágenes que encierran también el futuro que está por crear.

En ese sentido, las fotografías del proyecto Petite histoire du temps son más poesía que documento. El resultado de una práctica fotográfica que se acerca cada vez más a lo literario.  Pasado y futuro a ambos lados del papel. Tiempo pretérito, cerrado, petrificado, fosilizado,... pero al mismo tiempo hendidura por la que discurre un tiempo abierto y vivo que mira aquí y ahora hacia atrás y hacia adelante.

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Oscar Molina, 2009
Petite histoire du temps, ©OM